domingo, 11 de diciembre de 2011

Expreso de media tarde

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 Aunque se acabaran de conocer, ambos tenían la sensación de haber estado en la vida del otro desde siempre. Marita, tan apática durante los últimos meses, creía haber recobrado de pronto las ganas de vivir, de volver a ser la Marita que había sido antes de conocer a Manterola, la misma que Manterola había ido anulando poco a poco a base de tácitas exigencias, de gestos adustos, de ausencias para él imperceptibles. Por su parte, Raúl había alcanzado, o al menos así lo pensaba, el grado de misantropía con el que había de pagar, a la humanidad en general y a Marifé en particular, el haber sabido sacar de él, para reprochárselo a la postre, lo más negro de su corazón dejando, eso sí, -pobres imbéciles-, casi inmaculada su alma de niño grande, de ingenuo absoluto, de soñador patológico. Sin embargo ahora recobraba su locuacidad, su perdida sonrisa, su caballerosidad proverbial. Y es el caso que por la mañana, cuando ella se había presentado en el mostrador de la pensión que regentaba, Raúl ya había sentido un halo extraño, el que su intuición percibía de tarde en tarde cuando alguien especial le miraba directamente a los ojos. Al mismo tiempo la voz de Marita había reverberado de tal forma en el hueco de la escalera que más que llegar  a sus oídos desde la garganta fumadora de la mujer la había oído dentro de sí mismo como si procediera del sonido envolvente de una película de la que ellos empezaban a ser los protagonistas.

Había venido después la anécdota del bolso robado y del carnet de identidad perdido, el casual encuentro en la cervecería, el desparpajo absoluto de una Marita que no paraba de hablar, que no paraba de fumar, que no paraba de beber cerveza... Pensaban los dos mientras volvían a la pensión que algo imprevisible estaba sucediendo y no dejaba de molestarles el que a esas alturas de su vida, algo más que mediada, pudieran verse sorprendidos por un desconocido, pudieran sentir un desasosiego que tenían ya olvidado después de haberse convertido en dos auténticos supervivientes de todo tipo de reveses existenciales y de haberse ido modelando un corazón de pedernal en el que los sentimientos eran ya fantasmas en los que no creían, sombras que no producían ni frío ni calor, ecos de sonidos para siempre extinguidos.

Pero allí estaban, en silencio y con un vacío en las entrañas, caminando lentamente hacia la pensión en la que los días de Raúl se iban pudriendo de tedio desde hacía más de veinte años y a la que Marita había llegado huyendo no sabía exactamente de qué porque, en realidad, sólo huía de sí misma y de una vida que creía perdida tras la traición de Manterola. La calle era estrecha y aún más la acera por la que iban llegando irremediablemente a su destino sin que ninguno de los dos quisiera realmente llegar. El leve balanceo de brazos hacía que de vez en cuando sus manos se rozaran produciendo una descarga estupefaciente que profundizaba el vacío del estómago y producía un suave vahído que les hacía sentir en un estado casi de flotación. Hay pieles que nunca deben rozarse si no quieren quedar encadenadas en un proceso de adicción más fuerte que la droga más fuerte.

Casi sin saber qué camino habían traído, avistaron el rótulo de la vieja pensión. Situada frente a las vías había sido desde siempre refugio de transeúntes que llegaban a la capital para resolver asuntos comerciales o administrativos y el tiempo la había ido deteriorando a la vez que deterioraba a su dueño que había visto pasar frente a ella todos los trenes del mundo sin que ninguno pareciera ser el suyo, sin que la vibración de los cimientos cada vez que uno pasaba fuera ya perceptible para él como no lo eran tampoco los silbidos que con su efecto doppler dejaban una estela de frecuencias que atravesaba la ciudad. Raúl cedió el paso a Marita, entraron y, sin decir nada, se miraron a los ojos como queriendo encontrar la respuesta a una pregunta que ninguno de los dos había hecho. Fue Marita la que queriendo aliviar la tensión la llevó sin embargo a ese límite en el que ya el retorno es imposible:

- Raúl, ¿me dijo la 212 o la 215?... Ande, acompáñeme usted a la habitación que me encuentro un poquito mareada...

            Raúl pasó detrás del mostrador, cogió mecánicamente, turbado, sin tener conciencia apenas de lo que hacía, la llave de la 213 y con gesto cándido se dirigió hacia el ascensor donde ya esperaba Marita con un brillo especial en los ojos, ese brillo que no es sólo atribuible a la cerveza y que desde hacía mucho tiempo sólo aparecía en su semblante después de haber llorado. El minúsculo espacio hizo más inevitable aún el cruce de miradas que ambos mantuvieron con claridad meridiana buceando en el fondo de lo que ya empezaban a intuir como un océano de sensaciones, como una caricia de suavidad tal que empezó a erizar sus cuerpos sin que ellos pudieran hacer nada por evitarlo. Fue entonces cuando Raúl lo dijo:

-          Marita, necesito su piel...

Y cuando el ascensor paró en el segundo, sus manos ya estaban entrelazadas.

Raúl pasó delante y entornó las viejas contraventanas tamizando la luz de tal manera que no hubiera lugar a ese rubor que todavía se puede tener cuando la adolescencia es ya un abismo. Entretanto Marita se había sentado en el borde de la cama y con parsimonia se iba quitando los anillos, el reloj, las cadenitas que nunca se quitaba. Él se había sentado ya en el otro borde de la cama, de espaldas a ella y se había ido despojando de sus prendas para recostarse desnudo tras Marita en el momento en que ella se quitaba el sujetador y acariciar la desmesura de su piel con la mano derecha mientras la izquierda asistía al despertar de unos senos que le recordaban el bienestar del agua tibia en el baño de un bebé. A lo lejos sonaba un aria de Kiri Te Kanawa y los labios empezaban a confundirse no en una guerra sino en un diálogo amable de voluptuosidades que producía una sensación de ingravidez, de atemporalidad que hacía que el amor, la vida y la muerte se confundieran. Hubieran querido que aquello fuera la eternidad, que el tiempo se parara, que los cuerpos desaparecieran para no salir de aquel estado hipnótico al que, no sabían cómo porque nunca les había ocurrido, se habían transportado. Pero no descansaban las manos y las de Raúl, tras haberse demorado por un tiempo en el vientre dulce de Marita, tras haber deambulado en samba por un universo brasileiro, se perdieron entre los delfines estremecidos  de sus muslos y sus dedos entre la sonrisa húmeda del placer.  No se distinguían las notas de Kiri, tan humanas, de  los susurros de Marita que, con los ojos cerrados y la respiración entrecortada, abría su piel a la ternura de un  náufrago varado en sus entrañas,  al amor de una brisa que cuando se embravecía amainaba para volver a embravecerse  y volver a amainar amenazando con arrobarle los sentidos y aun la vida si quisiera. Y es que Raúl se movía con lentitud evitando el final del aquel abrazo increíble pero permaneciendo estático y extático cada vez  que sentía que Marita se moría y era como si se murieran cada vez y cada vez resucitaran para volverse a morir.

Fue entonces cuando los cimientos de la pensión empezaron a vibrar a deshora, levemente primero, con más fuerza después y con los cimientos los cuerpos fundidos de Raúl y de Marita. Un cataclismo pareció cernirse sobre su desnudez cuando una descarga eléctrica recorrió la médula de los amantes como si todo el voltaje de la catenaria se hubiera concentrado en aquella habitación. De la garganta de Raúl surgió un profundísimo quejido. El largo grito de Marita se confundió con el final del aria de Kiri y con el agudo silbido de la locomotora. El expreso de media tarde, desde hacía tantos años inhabilitado, volvió a pasar por la pensión. Dicen que el efecto doppler duró hasta el amanecer.


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